Hoy fuí(mos) a París. Magic trip.
El invierno de 1936 sobrecogía la teatral búsqueda de un soneto, la nieve me cubre hasta los talones y la brisa me toma por la cintura y no queda más que el sentimiento de la noche oscura sobre los tejados.
El acordeón, la viola y la tierna voz de la Rubia atrae rápidamente los espectadores a la Plaza. Uno a uno van ocupando con paciencia el redondel de escalinatas. Uno a uno toman su lugar sobre la congelada piedra, retiran sus sombreros con la leve introspección apenas esperada. Que bien luce, que bien se ve, que hermosa es, dicen, y las luces de la Plaza iluminan su rostro. El ritmo y la llovisna, la llovisna sobre sus labios rojos, sobre cada Sol Sostenido da forma a la noche y a la vida de cada uno de los nosotros-entes. Le canta a un viejo amor, a un amor fugaz y repentino, a un amor desconocido e impertinente. Su amor ya muerto, y el viejo gordo le ha exprimido la última nota a la acordeónica atmósfera. La Rubia recoge su equipaje, desciende de la tarima difuminandose en la pintura - Ciudad.
Seguramente era como lo había imaginado, un París sobrecogedoramente amargo, con olor a tabaco y a ron de miel, un París en el que mis botas se funden con cada paso que doy. La noche avanza como mis pies ansiosos y en la esquina una niña me toma del brazo. Una niña en todo caso pequeña, una niña en todo caso pequeña y hermosa. Una niña en todo caso pequeña y hermosa y sobre todo Rubia. Me lleva despacio por las galerías y restaurantes, me lleva despacio por las callejuelas empedradas y nuestros pasos resuenan sobre el techo de sábanas y estrellas.
Llegamos a la estación. La algarabía pronto se hace presente y las voces y pregones románticos me invaden destellando brotes de existencialismo. Entre la multitud la niña señala el último vagón del trensito de papel. Me pide que la ayude a subir mientras le canta a un nuevo amor, a un amor fugaz y repentino, a un amor desconocido e impertinente. Toma su equipaje y se pierde tras el largo espaldar de su asiento.
Solo me quedé en la estación, solo me quedé viendo los trensitos y los retazos de periódico volar de un lado a otro mientras los violines resuenan en los tejados y las mujeres gimen y follan y muerden la alfombra. Fue tal vez la noche en la que nació(naci-nacimos) Bernard, o fue tal vez la noche en la que murió Lorenzo. Sólo es propio decir que fue la noche en que la Rubia cantó y voló. La noche en que París me sobrecogó de frío y un amor por su lengua y su café. Sólo es propio decir que fue tal vez la noche en la Sverner se sintió solo en la estación, en la que los periódicos circundantes le revolvieron las entrañas y en la que una lárgrima derritió los versos y la nieve del 36
PedroBarretoV


"París sin aguacero, y Venecia sin ti"
ResponderEliminar