lunes, 24 de agosto de 2009

Me llamo Juan

Preface
(precara)




I'm Late. Late. Late. Late for la tarde que se vistió de gris y se sentó a esperar a que llegara el Willys rojo con su carnaval de anchetas verdeazuladas. Se murió a las 3 menos 3 en la misma cama donde nació, la misma donde paso tres años de su infancia (el mismo Jeep que hoy espero le partiólas patas), esa cama. Bed, Bed, Cama. La misma cama donde la puta Matilde le hizo sentir más hombre de lo que ahora es, Or was.

La muerte procedia del Pacífico, de donde los peces son más caballerosos y donde las embestidas de la siniestra camaradería de las marmotas favorece a todo el que los visite. El Pacífico. De ahí vino y desde allá llegó. Esbelta, pulcra y elegante, llegó y toco en el 42 de la Calle de los Huertos. El reloj de la plaza marcaba las 2:52. Rios, de gente, de sangre y de agua manantial brotaban en el viejo San Isidro, puebló noble y blanquesino del que Juan había esado tan orgulloso al inventarlo en una de sus tardes con Mamajuana.

Yo esperaba el mionco mientras Doña Carola me relataba la pauperrima vida de un tal Juan.
Juan no era como Jaime, no, no, no. No era como jaime ni mucho menos como Hernán. Juan era John. Juan era viejo y respetado. La isla se vistia de gala cada vez que el tipo daba un paseo por las praderas pobladas de tomates y pimentones.

Juan se vestia de blanco, todo el tiempo, todo el tiempo. El blanco. Era un blanco de director de cine en festival de Cartagena pero en todo caso le daba un toque fashionista que Juan pocas veces habia entendido.

y Juan, Juan murió a las 2:57 del dia 37 de un mes que ya se había acabado. Tierno es su Pijama de lino rosadito. Con su amante adolescente acostado a su izquierda y con un millón de dolares debajo del colchón. Juan se fue para no volver. Se fue y was gone pero dejó unas cuantas (cuantas muchas) historias que contar.


One.


La plazoleta de la escuela era grande grande y big para el pequeño Juan. Optaba por sentarse siempre en el rincón más oscuro, más olvidado. Ni el padre Emilio ni la madre Justina habían logrado definir aquel autismo tan exótico. Todo se le hacía grande, todo era big muy grande y todo era mucho para él y todos los demás niños lo miraban con desprecio como si su cara fuera alguna idea matemática o un molusco iberoamericano.

Si, el pelado creció, tenía como 15, y era cada vez más idiota. Era idiota en el sentido buen sentido de la palabra, digo bueno porque hay ese tipo de idiotas que por el hecho de tener esa cara de espectativa de relojero muerto y esos ojos perdidos en un oasis de Tailandia son sencillamente "adorables".

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