jueves, 11 de junio de 2009

Sangre en el asfalto

I

 

 

No se porqué adoptar una posición determinada en las cuestiones triviales e intrascendentes de la existencia me cuesta tanto trabajo, o porqué otorgar valores sobrenaturales a cosas terrenales se me hace poco menos que imposible. Será tal vez por la conservadora visión unilateral  inculcada por mis padres, la objetividad y observación metódica de mi oficio, quizá una simple aversión a los desoconicidos vertices de nuestro sistemático modelo de realidad; en todo caso, pensar en una posible respuesta  turbaba por completo mis sentidos.

 

Me encotraba justificando y divagando en estas reflexiones, canciones, poemas y dialectos cuando el sonoro el indignante ruido de la campana indicó la llegada del correo. Prometía llegar antes de la hora de la cena y pedía confidencialidad en cuanto a su visita.

 

El Captián era un hombre menudo, exentrico, de facciones finas y criterio inalienable. Después de cruzar el umbral y un intimidante apretón de manos, se sentó en el Sofa Más Cercano al Fuego.

 

Calificó como urgente el motivo de su visita. De no haberlo sido hubiera bastado con un telegrama, una carta, tal vez una Lechuza. Había llegado desde lejos, tomando el Tranvía de Occidente hasta el pueblo de los cisnes y de allí un vehículo que le permitiera caminar los kilometros que separaban la cabaña del resto del poblado mapa.

 

Ví los estragos del tiempo en su rostro. Los años le embargaban con tenues trazos de luz violeta que demacraban su figura. Debo decir que me alegro verle; los lazos laborales y familiares que nos unían eran fuertes a pesar de la distancia. No se porqué, sentí pena por él.

 

Después de arreglar un poco su tornasolado aspecto, sacó de su característico y negro portafolio unos cuantos apuntes y un artículo de primera pagina de un periódico de nombre en cursiva y ciudad remota.

 

-          Se trata de un asesinato- explicó facilitandome el papel.

 

Leí cautelosamente el apartado. Hablaba de un homicidio en pleno centro de la ciudad. El Capitán me dio los detalles, era claro que tenía un trabajo para mí.

 

-          Ocurrió en mi natal ciudad, el pasado jueves 6 de agosto. Cadaver sobre la acera 57 de la Calle de las Flores; junto a la tienda de café, diagonal al parque. Sin duda una perdida invaluable para nuestro equipo –

-          ¿Cómo? – quise saber al instante.

-          Con un puñal. Dos entradas. Una en el muslo izquierdo, la siguiente por detras y justo al Corazón –

-          ¿El motivo? –

-          Indefinido. el autor y su móvil son todavia un misterio, creo que aquí es donde requerimos tu colaboración, tienes todo los recursos a disposición. Te deseo exito. -

 

 

Prometí viajar al lugar de los hechos en cuanto mi agenda lo permitiera. Me agradeció la prontitud de mi labor. Con cortas frases y un calido empujón, lo incorporé del Sofá Más Cercano al Fuego, le ofrecí mi mano e invite a cruzar de nuevo el umbral; a tomar el camino, el coche, el Tranvía de Occidente y a un Baño Caliente en la comodidad de su casa.

 

Ф

 

Mi testigo se estaba tardando. Me encontraba sentado en la mesa del fondo, entretenido de nuevo racionalizando mis sentimientos mientras acariciaba repetida y circularmente mi taza.

Miraba el reloj con desvelo. Me sentí indignado al verme plantado en aquel lugar, pero reconfortado con el café que despertaba mis sentidos.

 

Salí a fumar un cigarrillo, o tal vez un poco de aire fresco. El día era frío, parco, un jueves gris en todas sus tonalidades y los girasoles migraban hacia el sur. El sonido de mi solitaria y olvidada respiración engendraba un místico eco que se difuminaba en la vaporosa temperatura. Las gotas de lluvia llenaban el cristal con mapas geográficamente imperfectos que extaciaban mi mirada y colmaban mi paciencia.

 

Decidí regresar, emprender el largo camino de nuevo hacia el hotel. Ya tenía adelantada una contundete investigación, sabía que estaba cerca, el último testimonio hubiera podido ponerme donde quería. Sería necesario buscar otra  fuente para  reforzar mis teorías y poder cerrar el caso. Estaba más cerca de lo que imaginaba.

 

Ajusté mi abrigo y me dispuse a cruzar la calle, un paso a la vez. Un segundo a la vez. Cada moviemiento llenaba el vacío con una indiscriptible densidad, con una tensión incalculable. Lo sentía. Cerca. Invevitablemente mi respiración se acelero. Era un ritmo desafinado, incoherente. Cada segundo era una grieta en el reloj. Cada grieta era una herida en el tiempo; tiempo que en la celeridad de mi pensamiento se detenía, revolvía e invertía. Un presentimineto. Un sueño. El miedo. La duda. Todas mis especulaciones se interrumpieron por una Helada Sombra que abrazaba todo mi ser. Sombra astuta que tras fundir el metal en mis piernas y en mi Corazon, emprendía la huída.

 

No se porqué adoptar una posición determinada en las cuestiones triviales e intrascendentes de la existencia me cuesta tanto trabajo, o porqué otorgar valores sobrenaturales a cosas terrenales se me hace poco menos que imposible. Podría ser debido a la observación metódica de mi oficio o quizá una simple aversión a los desoconicidos vertices de nuestro el sistemático modelo de realidad; en todo caso, era demasiado tarde para encontrar una respuesta.

 

Lo único que era claro y verdadero, era que el estridente y monótono golpeteo de la sangre sobre la acera 57 de la Calle de las Flores, junto a la tienda de café y diagonal al parque, turbó mis sentidos una vez más.


Por: Sweeney Todd

 

  

 

3 comentarios:

  1. excelentes giros literarios, inquietante e interesante narativa. me completa

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  2. me es indignante su manera de escribir. perciboo una irrebatible copia de Borges. le sugeriría que cultive un estilo propio por el bien de todos.

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  3. No les da pena comentar sus propias creaciones. La humildad es definitivamente un regalo reservado para los grandes.

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