miércoles, 15 de julio de 2009

Alcanzamos la Plenitud

OK. Here's the thing. El apreciadisimo Cóndor de los Andes, ave insgnia de la región, se presenta magestuoso a la vista. Expande su negra epidermis en el eter de los cielos vespertinos, hace una reverencia frente a mi atónita mirada. Sigo esta insólita invitación y subo; abrazo su crin dorada, le beso en el lomo y sus dedos me señalan el Horizonte. Con sutil vigo emprende el vuelo. Decidido y pretencioso. Vuela cada vez mas alto. Volamos. Elevandonos cada segundo, evolucionando con cada metro que ascendiamos. Eternamente encaminados hacia los cielos.

Y los vi.

Ahi estaban, bajo mis pies la infinita gama de tiernas personitas conmosionandose en la distancia, la versatil magnitud del tiempo en esas casitas de carton y esos sueños de papel. Y Vuela. Cada vez màs alto. Y yo tiemblo, y siento como mis pantorrillas se aferran temorosamente a su húmedo plumaje. Gira, y gira. Como el mundo que nos mira. Y estamos ahí, yo abrigado en mi cuero y él en su piel y estamos juntos, yo esperando y el mostrnadome su hogar. Frente a mis ojos la aclamada imponencia de la columna de un dinosaurio, el lomo rocáceo de un Gozilla condensado en lo profundo del planeta.

Y ahí está su cordillera, hogar de largartos y rosas, y la recorremos como un hilo en la rueca, avanzando y dejando atrás cada centimetro de Paraíso que se regenera en la distancia mostrandonos un límite infinito y permanente.

Y navegando seguimos, sumergidos en un mar de vaporosas nubes picarezcas que me dibujaban una gaviota en el cabello y un girasol en los párpados. Llegamos. Volando alto, a este palacio celestial, ese mundo suave de canela y aire. Vi los Hombres nacer, y morir, vi el tiempo pasar, los siglos transcurrir desde el firmamento. Y los vi cabalgar, me vivir, me vi crecer, me vi llorar. Desde lo alto fui testigo de nuestra insignificante y peculiar exisistencia. Diminutos seres de polvo, diminuto polvo de seres. Y los seres, los de Acá, los de este lado ( de arriba) eran a su vez polvo en el viento, titubeantes luceros en moviminento. Seres dignos y repentinos.

Y estando ahí, montando tan majestuosa bestia, sentí miedo. Miedo de caer, de revolcarme en lo profundo y de encontrarme de nuevo en lo bajo, conmigo mismo. Tuve miedo de caer. De volver a tierra firme, de regresar a donde todo parecía tan "pequeño". La redonda cabeza de mi aliado, piloteaba con destreza a medida que un llanto innato nacía de sus grises ojos. Creo que también sintio ese inesperado temor. En realidad lo creo. Nunca sabre si fue cierto.

Mientras volábamos vi nuestra sombra en el pavimento, vi nuestra sombra en los valles y después en el agua, en el océano, en el azul profundo del océano. Y nos vi. Vi nuestra detallada silueta rompiendo tiernamente las olas, y vi también el oleaje acariciando la sombra..... y la sombra silbando en el viento, y el viento revolviendo la sombra. 

Y abrió sus alas, alas, alas. Las abrió de manera en que la sombra (la nuestra) se volvió simplemente una franja negra, un velo oscuro serpenteando en el cielo. Y caimos, libremente, suspendidos solo por el eter aerodinámico de la vida. Y sentí esa misma vida golepeandome la cara, y sentí mi sangre palpitando, la sentí en mis venas, en mi corazón. Cerré los ojos. Fuertemente cerré los ojos. Y fui feliz. Me sentí vivo. 

En medio del júbilo, me incorporé sobre el sombrío plumaje y abrí, abrí, abrí los brazos. Los brazos abrí y me dispuse a volar.  A saltar y a planear en la Nebulosa. A medida que me alejaba, sólo pude escuchar un profundo eco en la distancia que me repetía: ALCANZAMOS LA PLENITUD.

Al abrir los ojos una vez más, el sol ya penetraba las cortinas de mi apartamento marando el inicio de un nuevo dia.



Pedro José Barreto Velasco

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