jueves, 2 de julio de 2009

Walking Arround

  Londres
 1978


I


Quise pasar por el bar del viejo Lorenzo al borde del rio de plata negra. Sentí las notas de su bullicioso antro escurriendose cautelosamente por el plácido portón de madera humeda. Ahí estaba ella, condensada en la barra, esperando. Sabía por alguna mística razón que ahi la encontraría. Algo en su rostro, en sus ojos tal vez, me dijo que había vivido: vagubunda del mundo, andariega y solitaria. Triste como su perfil desolado. Y fueron esos mismos ojos y esa misma lividinosa tristeza lo que me incito a sentarme a su lado. Los gestos y la lengua de la física fue mas protagónica que las palabras en ese furtivo encuentro. Y cuando digo encuentro me reifero a uno mas que casual, nos Encontramos, como si estuviera escrito en nuestro itinerario aterrizar en la barra de ese bar. Fueron horas o tal vez meses en los que las palabras se estrellaron impesitvamente unas con otras fundiendos en un aunge de ideas y sensaciones que pasaron de la simpatía a una inevitable atracción. Eso de tomar la iniciativa no me correspondío a mi esta vez (me ahorre ese trabajo que en la adolescencia me carcomía las entrañas), me tomó por sorpresa (lo de "tomó" es litereal), acaricio mi cara con sus dedos y luego mis labios con los suyos. Sabía como a flores, como a primavera, como a sexo, salvaje sexo. 

Salí tomando su mano tibia y espectante, caminamos por la orilla enfarolada del Boulevard como si buscaramos algún templo donde refugiarnos; como si nuestros pies nos llevaran a donde nos correspondía estar. Nos asignaron la 503 del ala oeste. El lugar me recordaba como a novela vampiresca, sangrienta y hasta mística. No importó. Sólo necesitaba un colchón y un par de velas. Desabotoné con tímida luguria el abrigo de piel maldita que cubría sus hombros. Mis labios recorrían la tinta oriental de su espalda mientras un Gardel gringo se aposentaba en el tocadiscos de la abuela para ambientar la velada. Varios colores y un par de cigarrillos vinieron después de sus gemidos. Hielo, Carne, Sed. Nos despedimos a eso de las 9, me dejó su guitarra desafinada. Y se llevó mi corazón.



II

La política realmente no era lo suyo. Finjí escuchar el paradójico monólogo de Lorenzo sobre alguna intrascendente cuestíon electoral. El terceto de 1/2's de Jack Daniels habia hecho lo suyo y su aroma salía con pestilencia de su anciana cajita de dientes. Maldito ebrio. Salimos tarde del bar, o temprano. Antes que el sol se pusiera en todo caso. De hombro a hombro nos vimos sentados en la bahía del Sabueso para presenciar un nuevo atardecer. Uno igual al de la semana pasada, al del mes pesado, pero de nuevo sorprendetemente inesperado. Su madre (mi abuela) siempre lo llevaba ahí, de niño. Se sentaba a su lado para ver como el sol nacía y se ponía sobre el sintético oleaje. Con cada atardecer, el alma del joven Lorenzo se llenaba de incertidumbre, de la miserable intriga de no saber si de nuevo la luz saldría en la mañana. Por eso, venía a ese preciso lugar cada madrugada desde los nueve; para comprobar que el sol saldría intacto con un nuevo resplandor. Y cada tarde, a eso de las seis vendría saltando de nuevo a presenciar la muerte, el ocaso del dia.

Extrañamente me pidió (como en ninguna otra ocasión) que le acompañara en su exéntrico ritual.¡Pobre Lorenzo!. Vimos juntos el atardecer. Algo en la el aire, en el suelo, en la Vida, nos hizo saber a ambos que esa noche moriría algo más que el día.

A la mañana siguiente la incertidumbre sería del sol que saldría sin testigo alguno.



III


Después del funeral vino la lluvia, y después un nuevo amor. Claro que eso de nuevo es relativo. Apareció de nuevo un viernes cualquiera, con ese espíritu imponente que tanto me sedujo el primer dia. Habló por telefono, quería recuperar su dichosa guitarra, el ego y el deseo me llevaron a pedirle que nos encontraramos. Necesita verla, no dormía bien, no sentía ni veía claro desde que nos despedimos en aquella alcoba de mala muerte.Lo pensó, bastanate diría yo, pero al final accedió. Acordamos vernos bajo el Puente de los Enamorados del Grimauld Place.

La intesidad del trabajo me tenía algo más que agotado, fui por un café y después tome el camino mas corto hasta el parque. A medio andar pude oler ese mismo aroma a primavera, ver la misma siuleta desnuda en el callejón. Dudé. Seguí caminando, alborotandome el cabello para disfrazar el sueño. Cada paso que daba era un paso en que el Auge se internaba en lo Profundo y me mostraba el camino de vuelta a sus brazos. Y ahi estaba, en una banca, sentada, fundida en ella como la primera vez. Esta vez fue su Magia la que me abordó. Tenía una rosa marchita en en las manos.

Después de un Frío "Hello" intente besarla. Iluso. Sos ojos eran parcos esta vez. Aun tristes, seductores, pero parcos; muertos. Intente besarla; Iluso. Huía arrogantemente de mis labios. Me asombré.

- ¿Quieres un Beso?- preguntó.

 Mi respuesta se manifestó aprentandola por la cintura y atravesando mi mirada en sus entrañas.

- ¿Quieres un Beso?- repitió

- Quiero un Beso- 

- ¿De los Nuevos o de los Viejos?-

Que clase de pregunta era esa. Le seguí el juego. - De los Viejos por su puesto.

- Esos no te los puedo dar. Ya nos los dimos. Ya no están. Ya se fueron.

- Esta bien, entonces quiero los Nuevos-

Me miro con drama, con un angustioso drama: un angustioso drama de despedida. Puso la marchita flor entre mis dedos, besó mi mejilla con unos labios esta vez Helados y Habló lentamente mientras se marchaba:

- Los Nuevos no te los daré. No son posibles:                                                                                        Esos ya no te pertenecen.-


IV


La extraño.


V


 

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