sábado, 11 de julio de 2009

Bernard Garnier: El Canto del Loco

"Las lagrimas no son suficientes para llorar."

Eso decian por lo menos en las callejuelas del viejo París, en una época donde los vagabundos dormían en las alcantarillas y donde la peste se hospedaba en cada carne viva y palpitante. Eso decían en el viejo París. El hogar de la muerte, ciudad de arte, de revolución, de putas y de sexo. Y entre la podredumbre y la miseria se tejio una historia, la historia de un sueño desafortunado. Una historia romantica, dramatica y apasionadamente oscura.

I

La niebla y el ocaso ya habían descendido del Antiguo Valle hasta las pequeñas casitas empedradas: todas iguales, identicas, pintadas del mismo color y la misma probreza. Y esa noche (una noche de abril me pareció escuchar, cerca de la media noche) la puta mas barata de París dio a luz a un bebe.

Como debe usted suponer, querido lector, el bebe no tenia caractersticas comunes. No era para nada un bebe ordinario, poseia una fisiologia y un talento algo "peculiar". Desde el momento en que llego a este mundo su ser maligno, perverso y demoniaco se manifestaba en cada poro de su pequeño y desvalido cuerpo. Esa misma noche el destino de aquel tan bien añorado París había cambiado para siempre.

Como es común en este tipo de historias, el niño crecio lejos de su madre, apartado del mundo conocido y confinado en la pronfunidad de un orfanato. Se crio bajo el cuidado de su mentor. Un anciano maestro de latín que le enseñó las nociones básicas de la época. Bernard, como fue llamado el niño(tal vez porque fue lo último que dijo la puta antes de morir), vivia un tanto apartado de los otros niños, refugiado en su propio pensamiento. Se sentía diferente, Único, irremplazable. Tal vez por esta certeza miraba a los demás con un desprecio y un desdén que le llenaban de ira.

Fue esa misma irá la que descencadenaria su primera experiencia de placer que lo impulsaría a un extasis nunca antes imaginado. Conoció la muerte cerca de los nueve. La tarde era lluviosa y el invierno se acercaba. Bernard volvía a "casa" después de trabajar en el huerto. Entró como de costumbre a la inmesa habitación donde se aglomeraban los cincuenta y tantos niños del orfanato. Ese día se sentía un poco mas rehacio a la sociedad que de costumbre, sentía un particular odio en esos momentos. Llegó la hora de dormir. Fueron todos a la cama después de una mediocre cena. El trabajo lo tenía agotado, tantas horas de oficio para un niño de nueve años. Impensable. Sólo podía sentir la necesidad de perderse en sus sueños, de llegar a la profundidad de su inconsciencia y simplemente esperar, esperar, descanzar, quedarse inmonvil y entragar todo su cuerpo.

Cerró sus pequeños ojos, los apretó fuerte disponiendose a que el Sueño viniera por el. Relajó sus sentidos hasta que el estridente crujido de un llanto inerte lo devolvio a la realidad. El niño de la cama vecina se desvanecía en llanto. Intentó dormir de nuevo, pero los sollozos de su pequeño "compañero" le desesperaban, le atormentaban cada vez mas. "shhh". El pobre niño mordia su almohada y gemia descontroladamente mientras Bernard se tapaba los oidos y se retorcia pequeña cama carcomida por las ratas y los años.

Blancas, dos perlas blancas tomaron el lugar de los ojos azules del pequeño Bernard, Perlas Blancas, ausentes y contradictorias. Y su pqueño y rubio cabello se oscureció a la luz de la luna. Y esa luna gris, luna de plata y de odio, luna de sangre, esa misma luna llevo sus delicados dedos hasta el cuello enlagrimado de su perturbado compañero. Y esos Ojos, Y esa Luna, y esa Noche, y su ser completo extrageron cada aliento de vida de ese ahora ensangrentado pescueso.
Pasmado Bernard observó sus tinturadas manos y el jubilo le invadio. Una inexplicable sensacion de plenitud se apodero de el. Un viaje de sentidos por el bajo mundo. No durmió esa noche, aterrado tal vez, impresionado, pero complacido, enteramente complacido. Satisfecho.


II

Un par de lustros y fronteras atravezó Bernard para encontrar su vocación en la vida. De momento me permitiré contar que su niñez transcurrió con relativa tranquilidad. Digo relativa porque a escacez de muerte humana, la sangre animal le proporcionaba un placer, no tan pleno ni tan sublime, pero si suficiente para mantener abiertos sus sentidos. Garnier se intruyó muy bien en lo que al saber respecta. Conocía con exactitud los astros, las flores, las guerras, los reyes, la muerte. En fin.

Su ciclo en el orfanto ciertamente había caducado y tomando las pocas pertenencias que había adquirido se replego en su ser y se aventuró a trazar su propia geografía. De París al mediterraneo, de Estambul al norte, al norte, al norte. Al frío.


Berlín. 20:48 pm.

Duerme. Eterna. Plácida y sincera la delirante ciudad. Sumisa. Y Bernard atraviesa las callejuelas con su paso ritmico penetrando la nieve. Frío. Helada. Alegorías de fantasmas y sabuesos. Eco de soles y triadas. Caminos de muerte. La muerte que ansía. Muerte atrapada en su pecho. Sangre. Sed. Y ahi estaba la luna. Esa luna. La usual. La misma. Su rubia cabellera se oscureció bajo ese inesperado resplandor de carne.Y esa luna gris, luna de plata y de odio, luna de sangre.

Final de la calle. Cruce de trenes. Ella. Vendía pan y mantequilla. Acomodaba su restante y casi completa mercancía cuando Garnier le llamó desde la distancia. Le miró cautelosa, temerosa, a medida que una lánguida silueta se le acercaba.

Wer ist?- preguntó
Sie wollen?.

Esta vez los dedos fueron reemplazados por un helado metal. Fino y penetrante que desde la garganta dibujo trenzados hilos de arte escarlata sobre la nieve. Entre su aprendizaje, Bernard conocía bien la anatomía humana y aprovecho de esto y de su nueva victima se dio un banquete que le auguraba una larga y placentera estadía en este nuevo "hogar". Vagabundo. Sucio. Repugnante. Quedo dormido. Profundamente dormido y una vez más...... Satisfecho.


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