Y bueno, ahí estaba yo, y ahí estabas vos. Como siempre, como nunca, rebelde, salvaje, nuda. ¿pura?. Y estabas cerca, ardiente y fugaz, como la vela, como cuando estabas detrás de la vela. Y ahí estaba yo, y ahí estabas vos. Los dos. Vos como la sanguinaria vívora de la sonmolienta primavera y yo como el Auge del que tu Nervio se aferra para no morir. Y el vino se fermenta en tu ombligo, y la vida se engendra en tu boca y las semillas en el epitafio de tu partida. Y ahí estabas vos, sujentándome la mano, aprentándomela a muerte. Y ahí estaba yo, recibiendo tu calor, desesperádamente colgando de tu brazo, inténsamente perdido en tu mirada. Esperando. Y cuando estuvimos los dos, estábamos perdidos. Obsoletos. Equivocados. Y aundivimos desapercibidos, camuflados del mundo que nos vió nacer e inmersos en el Universo que nos verá morir. Despertando, paso a paso, adentrándonos en una verdad a la que Vos me presentaste el mismo día en que tu lengua danzaba junto a la Cereza.
Y bueno, ahí estabas vos, junto a mi. Con tu cadera junto al invierno, con tu mente sobre mi pecho y tu cabeza sobre la almohada. Y querias irte, deseabas irte, pero no podias, te quedaste. Asombrada de tu despertar. Testigo del mio. Sujeta a mi cadera, plácida de la tuya. Y tu pelo. Si, tu pelo. Me encadenaba en su salvaje libertad. Y yo lo sujetaba como si te sumergieras en lo profundo. Y vos Mujer de Miel, de Hiedra, de Veneno, de muerte eterna, estabas presente, protagonista del Festival innato de tu entrepierna.
Y vos, majestuasa voz, con tus alas sobre la cama. Cantando, huyendo fatídicamente de tu pecado, de mi, de tu pecado. Esbelta de tu figura y tu belleza matutina. Navegando al alba, Vespertina. Y te ví venir (no como en la cama, no como cuando posabas tu Entrepierna en mi Cadera), te ví llegar, y andar, desfilar ante mis ojos con tu singular picardía de lolita empedernida. Maldita distancia del Oceano entrometido, maldita la tierra santa, tu tierra de trigo y sangre, tu historia de sexo y hambre, maldita ciudad de droga, de desastre, de caos, de caos. Maldito mi Caos, el que devasta la armonía que nos une, y que arraza con los obstáculos que nos deshonrran. Maldita incoherencia de la Vida, vida en movimiento, progreso en el que te veo despertar cada mañana, y te beso. En la frente, tiernamente sobre la frente, te beso, y te miro, y tiemblo. Y salgo por la puerta, por el vuelo de la puerta. Y te veo, a mis espaldas, reponsando tranquila sobre tu velo, y te veo. Profunda en tu siniestro sueño de perfección y rosas rosas. Y te veo, y camino, hacia afuera, afuera de tu cuarto, de tu cuarto el de tu casa, de tu casa la de tu barrio, barrio estancado fuera de mi corazón: el de mi patio, mi patio el de tu cuerpo, mi cuerpo el de tu vientre y de tu sombra. Y esa sombra, la sombra de la muerte que me mira y padece con la vida. La vida del mundo que nos mira. Que observa, y que nos besa. Nos besa en los labios, en el agua. Y te beso, de nuevo, contra el viento de tu sangre, que me aparta. Y de repente todo acaba. Acaba. Acaba. Acabado del deseo y el cansancio. Decepcionantes verdades de tu distancia.
Y bueno, ahí estaba yo. Y ahí estabas Vos. Húmeda y resignada. Con tus maletas arregladas en el maletero. Y dijiste buenas noches. Dijiste buena suerte, y hasta luego. Y navegaste vagabunda. Decidida en tu descenso. Precavida. Y ya no estabas vos, no estbas como solías estar. Sólo quedo yo. Adiós Dulce Pena. Te diré buenas noches hasta que amanezca.
Te sigo,
Pedro José Barreto Velasco.


Es mejor mantener el anonimato.
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